La Venganza: Ajuste de Cuentas o Búsqueda de Equilibrio (2)

Con la siguientes frases de sabios, nos detendremos a indagar en los peligros y posibilidades de esta potente experiencia.   Cuando la cólera y la venganza se casan, su hija es la crueldad. Proverbio Ruso   Esta reflexión destaca el potencial destructivo de estas emociones cuando actúan sin control racional; ahora, si a la cólera y la venganza le sumamos la envidia, el miedo y todo un colectivo de gente unidos en este coktail explosivo, tenemos material como para refundar la Inquisición o algo peor…   Una persona que quiere venganza guarda sus heridas abiertas. Sir Francis Bacon, filósofo inglés, s.XVII   La experiencia donde nace la necesidad de venganza es una herida por la pérdida y el desequilibrio tras el daño sufrido. Es importante tomar consciencia de esta herida para actuar en consecuencia. Lo malo comienza cuando la herida se transforma en la razón que fundamenta todo el ser de esa persona perdiendo la perspectiva e, incluso, la posibilidad de ser más allá del agravio. Junto a ello surge la satisfacción de albardarse en la propia desgracia.   El resentimiento es como tomar veneno yo, esperando que la otra persona muera. Carrie Fisher, actriz de TV USA. El odio, es la venganza de un cobarde intimidado. George Bernard Shaw, escritor irlandés, s. XX. En la venganza, el más débil es siempre más feroz. Honoré de Balzac, escritor francés, s XIX.   La rumiación mental estéril suma al daño sufrido, el que la persona rumiadora se hace a sí misma. Es interesante saber que se ha observado que la frustrada expectativa psicológica de venganza puede llevar a la auto-victimización.   La venganza es un plato que se sirve frío. Pierre Ambroise Choderlos de Laclos, escritor y militar  francés, s.XVIII   La venganza es un afecto que compromete la racionalidad consciente de una persona. Es distinta de una respuesta impulsiva e inmediata activada por una ofensa percibida en el aquí y ahora. El ser humano, capaz de trascender el presente y crear estrategias para el futuro, es el único animal capaz de este afecto. De hecho, una acción delictiva que ha sido prevista, calculada, es más gravosa que la misma acción fruto de un impulso descontrolado o de un descuido negligente.   No hay venganza más bella que aquella que infringen los otros a tu enemigo. Tiene hasta la virtud de dejarte la parte del generoso. Cesare Pavese, escritor italiano, s. XX.   Es difícil enfrentarse a las emociones y afectos que socialmente son calificadas como negativas. La satisfacción a la que se refiere la reflexión, se acompaña de una vocecilla interior que suena a algo como: “se lo andaba buscando”, “se encontró un zapato a su medida”, “siembras vientos, cosechas tempestades”, “a todo cerdo le llega su san Martín”, “dios castiga”…   Yo no hablo de venganzas ni de perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón. Jorge Luis Borges, escritor argentino, s. XX.   El olvido, dar vuelta la página, el perdón real, solo son posibles tras la atención que requiere el daño recibido. Dar un rodeo sobre la justicia para llegar al olvido llena la habitación mental de fantasmas que vampirizan el flujo vital. La experiencia no bien digerida siempre vuelve; la única experiencia que se va es la que se ha nombrado, aceptado, actuado en consecuencia, entonces la persona, más magullada, más vieja y más sabia, puede levantarse y continuar…   Es, a menudo, más conveniente disimular que vengarse. Lucio Anneo Séneca, filósofo romano, s. IV antes de C. El daño que infrinjas a tu enemigo, debe de ser tal, que no necesites temer su venganza. L. E. Ramos Hernández, escritor peruano, S. XX.   Estas frases focalizan que cuando se actúa movida por una emoción que busca equilibrar una circunstancia injusta, hay que ponderar el propio bienestar y las posibilidades contextuales. Ambas frases también destacan que una cosa es decidir no actuar, o actuar levemente y otra, es negarse a sí misma el reconocimiento de lo experimentado.   La guerra moderna destruye con el máximo de eficiencia y el máximo de indiscriminación, y en consecuencia, implica injusticias mucho más numerosas y mucho más graves que las que se pretendan enmendar. (…) Las guerras no concluyen con las guerras; las más de las veces terminan por una paz injusta, que hace inevitable otra guerra de venganza. Aldous Huxley, escritor inglés, s. XX.   Esta reflexión acerca de la conflictiva realidad social en la que nos movemos, enfatiza la necesidad de que las estructuras humanas racionales que pretenden la Justicia, la Equidad, la Convivencia respetuosa, sean tareas de primer orden, pues son la única posibilidad de garantía para sanar las heridas. Por esto, la perversión institucional debería ser inadmisible en todos los casos. Gracias por vuestra atención, Mª Antonia V. T.

La Venganza: Ajuste de Cuentas o Búsqueda de Equilibrio (1)

Cualquiera puede sentir rabia, eso es fácil. Pero sentir rabia por la persona correcta, en el momento correcto y por un propósito noble, no es fácil. Aristóteles (filósofo romano, s. III a. de C.)   El objetivo de los pequeños apuntes del taller es explorar en la naturaleza de algunas de nuestras creencias y comportamientos. Muchos de ellos habitualmente son invisibles a nuestra consciencia; el hacerlos visibles amplia nuestro horizonte experiencial.   Las emociones y afectos humanos son los instrumentos para distinguir la cualidad de la experiencia vivida. No son ni buenas ni malas, son la vida que fluye dinámica y espontánea. Lo perverso surge cuando una persona se queda bloqueada en una reacción emocional o en un afecto, incapaz de extraer el potencial de movimiento de ellos.   El tema de hoy desafía nuestra moral judeo-cristiana, apenas visible bajo nuestras creencias conscientes. Es así como es habitual que nos consideremos moralmente buenas por algunas de estas perlas: ponemos la otra mejilla, nos resignamos ante nuestra suerte, evitamos los conflictos, consideramos la capacidad de perdonar como una cualidad suprema, aceptamos agravios en nombre del amor, ignoramos injusticias de la que somos protagonistas por considerar que el destino (¿dios?) le otorgará tanto a nosotras como al malvado(a), a cada uno su merecido, soñamos que centrándonos en la positividad (¿rezando?) encontraremos (¿seremos bendecidas con?) la solución, nos exigimos “poder-con-y-contra-todo” pues esperamos que nos será reconocido, o devuelto con creces, por el destino (¿o en otra vida?)…   Por esto no es extraño que en una relación de amor pasen, de promedio, 6 años entre la primera cachetada y la necesidad de dar término a esa relación de maltrato físico y emocional; otros tantos años se necesitan para que la víctima de mobbing ponga nombre a su situación; a veces, se necesitan años y quiebres en la salud o en el equilibrio psicológico, para reconocer que estamos atrapadas dentro de vínculos donde somos invisibles; a veces, puede pasar una vida completa…   Hoy nos centraremos en el afecto más racional de todos: La venganza.   En México, se llama “la venganza de Moctezuma”[1] a la diarrea contraída por el turista que llega a México. Un castigo impuesto a todo extranjero visitante a causa de la deuda contraída con los antiguos habitantes de aquella tierra masacrada.   La reacción de venganza nace de la experiencia de la necesidad de resarcirse tras un daño inflingido. Este daño activa un dolor iracundo en el ofendido que necesita recuperar el equilibrio anterior a la ofensa.   La palabra nos sugiere un acto justiciero de carácter personalista, que se tiñe de revanchismo, de desequilibrio entre la falta inflingida y su consecuencia, un desquite que se sumerge en lo cruel. Es como si el acto vengativo acabara invirtiendo los papeles: el vengador (la víctima en el primer momento), una vez que se toma su ajuste de cuentas pasa a ser victimario; y el primer victimario pasa a ocupar el sitio de víctima.   En las culturas primarias., la venganza, es un deber tribal hacia los ultrajados; su objetivo es fomentar el respeto a la familia, al clan, a la tribu, a la nación. En ese contexto, es un tercero el que tiene el deber de vengar al ofendido. En esta constelación caben las venganzas por honor mancillado, antaño características de los pueblos mediterráneos.   El gran peligro de la venganza es su poder destructivo una vez que se entra en la espiral de la venganza; espiral que se muestra incapaz de frenar y/o disuadir al agresor, sino que retroalimenta reacciones vengativas que fundamentan la siguiente reacción vengativa. Es así como ofensor y ofendido pasan alternativamente de víctima a victimario.   Este mecanismo es el que dio pasó a la necesidad de instaurar mecanismos como la ley y los sistemas judiciales; estructuras sociales racionales, destinadas a encontrar el punto de equilibrio entre la necesidad de ajuste entre el daño inflingido, el deseo de venganza de la victima, el castigo al agresor, el resarcimiento y la reparación del agravio, ofensa, ultraje o crimen del afectado.[2]   En el mismo foco experiencial nacen venganza y justicia como demuestran los análisis del origen de ambas palabras. Se ha dicho que el sentido de la justicia es el de canalizar la venganza, con el menor número de víctimas posible; es decir, constelar una “venganza justa, donde el criminal pague su deuda con la sociedad”; de este modo, la ofensa a un individuo pasa a ser agravio al grupo, acto que busca promover la paz social. [1] Moctezuma Xocoyotzin, era el gobernante de la ciudad Mexica al arribo de los españoles, en 1519. [2] Uno de los primeros intentos de justicia racional es la llamada Ley del Talión, que se resume en la sentencia “ojo por ojo, diente por diente”.  

La Envidia y sus Usos (1)

La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.  Miguel de Unamuno, filósofo español La indignación moral es, en la mayoría de los casos, un dos por ciento de moral, un cuarenta y ocho por ciento, indignación, y un cincuenta por ciento, envidia. Vittorio de Sica, cineasta italiano   La envidia es un monstruo verde que suelta aguijones envenenados sobre quien no se conoce a sí mismo. Es uno de los sentimientos más destructivos que se pueden experimentar. La experiencia de la envidia se activa cuando una persona percibe como amenaza para la integridad psicológica de su Yo, los logros materiales, sociales y/o psicológicos de otra persona.   La envidia se ha definido como «un sentimiento de aguda incomodidad, determinada por el descubrimiento de que otro posee algo que sentimos que nosotros deberíamos tener», o como: «aversión a la desigualdad»[1].   La envidia surge temprano en la historia de una civilización y de un individuo. Es así como en todos los mitos de la creación a través de las culturas, surge la experiencia de la envidia fraterna como causa de la aparición del mal en el mundo creado.   En el primer libro del mito judeo-cristiano se relata  el asesinato de Abel en manos de su hermano Caín, consecuencia de la envidia fratricida, como el acto humano que rompe definitivamente la fluidez de la relación con su creador (Antiguo Testamento, Génesis, 4).   La envidia es considerada un pecado capital, dado que es un terrero que abre hacia otros pecados: avaricia, ira, maledicencia, egoísmo, soberbia.   Quien se mueve desde la  envidia se mueve en la permanente comparación. Dentro de este mecanismo de pseudo-medición del yo a través del logro de otro, la alegría es amarga si se vence y la amargura es visceral si se pierde.   Lo opuesto a la envidia es la creatividad. La envidia es ir a la saga de emular a otros para alcanzar su misma supuesta felicidad; la creatividad, en cambio, es la reformulación espontánea, renovada, de los propios contenidos y deseos; por tanto, es una búsqueda interna, subjetiva e idiosincrásica.   La envidia está muy mal vista socialmente; no obstante, todos la experimentamos en mayor o menor medida aunque lo habitual sea negarla.   Siendo patrimonio de hombres y de mujeres, las mujeres somos más vulnerables a ella. Tradicionalmente, hemos sido condicionadas para la satisfacción de las necesidades de terceros (padres, marido, hijos…) para  quienes somos invisibles (aquellos reciben, nosotras damos [Y NOS CABREAMOS]); de este modo, la desconexión con nuestras necesidades, deseos y con nuestros recursos creativos puede llegar a ser máxima. Este vacío interno en las mujeres que se identifican con el estereotipo de mujer tradicional, es el caldo de cultivo del llamado “monstruo verde”.   Además, la tendencia a negar la envidia propia y ajena, favorece que mujeres que han sido víctimas de la envidia y la competencia de su madre y/o padre, hermanos, maestras y/o condiscípulos,  hayan construido una coraza de auto-descalificación, a modo de auto- protección, que las incapacita para enfrentarse a la envidia externa e interna. De ahí muchas de esas muletillas, huellas de aquella coraza: “bueno, yo no sé tanto (o no hago tan bien) como…”, “es que soy muy tonta y no he entendido”, “me da vergüenza lo mío en comparación con lo vuestro…”, etc.   No me detendré en este espacio en los complejos mecanismos de la crianza que dan lugar a que aprendamos a ignorar y negar este sentimiento.   Habitualmente, el monstruo desatado se controla disfrazándolo: Negando la envidia propia. Expresando eufemismos que la ocultan. Buscando y manifestando argumentos racionales que hagan desmerecer el logro del otro (con tono de resentimiento o con demasiado énfasis). Discurso hipercrítico hacia los demás. Pasar el tiempo a solas rumiando situaciones interpersonales conflictivas, sin ánimo de resolver nada. Alabando innecesariamente a otro sumado a la propia descalificación.   Se ha constatado que en los casos de Acoso Laboral y Bulling, la envidia del maltratador(a) hacia su víctima es un factor que constela con fuerza en el proceso destructivo desencadenado. Es por esto que no es casual que las víctimas suelen ser los mejor dotados (por calificación profesional, talento, valores humanos, éxito social, etc.). Por ejemplo, dice el acosador a su víctima: «Aquí no hay sitio para la creatividad», en una oficina de publicidad… (¡¿ !!?).   Hasta aquí hemos hablado del lado negro de la envidia. No obstante, como todos los afectos, la envidia también tiene su lado positivo. Es así como, entre los griegos de la antigüedad, la envidia era la reacción visceral ante la injusticia y el desequilibrio social. Y por lo tanto, la envidia era parte del camino hacia la justicia y, por lo tanto, valorada socialmente.   Se ha descrito que la envidia y el resentimiento consecuente, serían el motor de las luchas de clases, la búsqueda de bienestar y el logro económico. Este factor, sin duda, constela dentro del proceso de cambio social; pero si la envidia es “el” motor del cambio, el cambio será apenas un cambio de tornas, como desgraciadamente conocemos una y otra vez.   Esto es otra razón más para explorar en las farragosas aguas de este sentimiento tan humano. En un contexto de injusticia concreto, la envidia es lo primero que se siente (o debería serlo). Sacando la envidia propia de la ecuación, se pierde una guía inestimable en situaciones sociales complejas.   En otras palabras, para llegar, individualmente y colectivamente, a Ciudad Justicia, hay que pasar por Villa Envidia, detenerse, trabajar lo que haga falta antes de seguir buena ruta a nuestro destino.   [1] De H. S. Sullivan la primera definición y de Cabrales la segunda.

La Envidia y sus Usos (2)

Hay que recordar que bajo la envidia está el monstruo que se nutre de:   La convicción de inferioridad e inseguridad. El error cognitivo de evaluarse a sí mismo por comparación con logro de otros. Asociar las limitaciones personales como marcas de escaso valor social. Asociar el estado de infelicidad personal a determinadas carencias. Severa dificultad para apreciar lo que se posee. Una falta de compromiso y responsabilidad con la propia vida: Pendientes de la vida de otros, no se asume la propia.   Claves para danzar con arte con el monstruo de la envidia:   Vuelca la mirada hacia ti. Acepta que sientes envidia. Dale la bienvenida y respira profundamente. Focaliza la pregunta: ¿qué estoy perdiendo cuando a …  le va bien en… ?. Recuerda que, para ti, el único punto de referencia de superación legítima, eres tu misma. No necesitas compararte con nadie más. Aprecia el valor de tu vida con toda su imperfección. Date tiempo para explorar en las carencias que te ha movilizado la envidia vivida: ¿Hay algo que puedes hacer por ti al respecto?            ¿Qué te impide hacerlo? Recuerda dar gracias por estar viva. Alégrate de lo que tienes. Recuerda que dentro de cada obstáculo hay algo propio que descubrir. Redescubre día a día lo que te rodea: las personas, el paisaje, las pequeñas cosas que te hacen más fácil la vida…   Más allá de lo que digan eufemismos de moda, la envidia nunca es sana. Es verdad que a partir de ella una persona se puede movilizar para obtener lo mismo que tiene otro. Es decir, usa su pena/rencorosa para alcanzar cosas que supone hacen felices a otros y que supone le harían feliz a ella.   No obstante, esta forma de dirigir el esfuerzo imitando el logro de otros, además de revelar un gran auto-desconocimiento, no garantiza la satisfacción interna, el contento de haber logrado algo. El contento que llena de contenido  interno, que es el único remedio contra la envidia.   Alguien insistirá que “su” envidia es sana; es decir, que “¿envidia a medias?”: Siente la pena de su propia carencia, pero no el deseo de destruirlo en otro. Lo que con palabras directas sería algo como: “siento pena de mí cuando veo tu contento (no te asustes, no quiero hacerte daño; solo quiero sentir pena por mi)”.   Las palabras existen porque significan algo: Si percibes que un logro ajeno amenaza tu integridad y quieres destruirlo para alejar la causa que percibes como fuente de sufrimiento, llámalo “envidia”. Si admiras a alguien, exprésale algo como “te admiro”; Si sientes alegría que el otro tal, pues dile un “me alegro por ti”; Si percibes que las acciones del otro le atraen un beneficio del que personalmente careces y necesitas, pues se dice algo que se parezca a “veo que te va bien; voy a imitarte, eres mi modelo”, “tu si que sabes”; Si percibes al otro satisfecho o presumido y no te importa nada, pues no le digas nada si no apetece.   En lo íntimo lo que está sintiendo la envidioso “sano” es algo como: «no tengo ni pajolera idea de qué deseo para mi ni menos de quien soy, parece que tu sabes quien eres, te veo a gusto; esto me hace verte mejor que yo, me hace daño conocer tu bienestar pues veo en él reflejado mi insatisfacción; pero voy a transformar este dolor en acción, imitándote para sentirme bien en mil piel…»   ¿Esto es sano hasta qué punto? Bueno, al menos cabe que no boicotee explícitamente al envidiado… (aunque sierre queda la puerta abierta para que este envidioso sano boicotee, inconscientemente, a quien tan sanamente envidia… lamentablemente, esto es muy habitual.   Mi idea al escribir este documento era re-cargar la palabra envidia con el contenido trágico que contiene, para que aprendamos a reconocerla, nombrarla, valorarla, respetarla y aprender con ella.   La envidia no es un asunto que se zanja de una vez y definitivamente. Vivimos en un mundo lleno de injusticia y desequilibrio y es fácil encontrarnos en un contexto donde este afecto arcaico y terrible despierte, amargando nuestras jornadas e invitándonos a escuchar nuestras carencias internas.   Más aún -parafraseando a Krishnamurti-, hace siglos que nuestra estructura religiosa, nuestras maneras de pensar, nuestra vida social, todo lo que hacemos se basa en el afán adquisitivo, habitamos en una perspectiva envidiosa. Estamos tan condicionados a esto, que casi «no podemos separar la idea de  «lo mejor», con la idea de «más».     Muchas gracias, Mª Antonia Vargas Truyol

La Envidia y sus Usos (3)

He comentado antes que la envidia es uno de los sentimientos más destructivos que se pueden experimentar, de ahí la necesidad de enfrentarla.   Utilizar el malestar interno que produce el logro de otro para alcanzar cosas que supones hacen felices a otros es un modo equívoco de resolver la propia envidia.   Es así como dirigir el esfuerzo personal emulando el logro de otros, además de revelar un gran auto desconocimiento, no garantiza la satisfacción interna, el contento de haber logrado algo. El contento que te llena de contenido interno.   La persona envidiosa es como un saco roto, aunque es frecuente que haga aspavientos de lo suyo como lo mejor, la verdad es que sus aspavientos son el reflejo de intentar llenar con la admiración, atención o envidia de otros, el contenido que sus propios logros son incapaces de colmar.   En el interior de la persona envidiosa no importa lo que tenga, lo que haga, lo que reciba, vive bajo la amenaza de los logros de otros. Y jamás se detiene a experimentar cuáles son sus deseos, sus necesidades, sus recursos.   La sensación corporal de la envidia es como una mordida en el estómago, como el aguijonazo de un insecto que desvanece el contenido interior, dejando tras de sí un pozo vacío que, prontamente, se llena de rencor dirigido hacia la persona que ha sido el estímulo que habría despertado al monstruo.   Habitualmente, el monstruo verde ya desatado en las tripas, se controla buscando y manifestando argumentos que hagan desmerecer el logro del otro… es así como el desprecio manifiesto de la persona envidiosa por lo del otro, es directamente proporcional al miedo que le ha causado la dicha de otra persona…   Quien está siendo aguijoneado por la envidia lo dibuja en su rostro, que parece asustado y enfadado. Y lo señala en su discurso siempre hipercrítico hacia los demás.   Este desmerecimiento de lo conseguido por otra persona (por su esfuerzo, o suerte, o casualidad) es una forma mitigada del verdadero deseo del aguijoneado por la envidia: que el otro pierda su logro… eso si que le da paz al envidioso (un momento).   La envidia es libre, y la persona envidiosa se siente amenazada por circunstancias inverosímiles: al envidioso podrías darle todo lo que cree desear, pero su mirada seguirá puesta sobre los demás y siempre se sentirá amenazado… .   Hemos dicho en otros apartados sobre este tema ,que lo opuesto a la envidia es la creatividad.   Entonces, la cuestión es conocer y aceptar nuestros núcleos de envidia y a partir de ellos, empezar a construir el camino hacia nuestra creatividad.

La Envidia y sus Usos. El Remedio (4)

Es difícil que un envidioso reconozca su mal, dado que lo oculta a los demás y a sí mismo. Reconocer su envidia es el primer paso para su cura. No obstante, nadie se cura a solas de la envidia. No existe medicación para suprimirla, ni siquiera para mitigarla. Es necesario un trabajo personal o grupal en un contexto psicoterapéutico.   En este apartado nos detenemos en el modo en que podemos aprender de ella para llegar a conocernos y reinventarnos..   Para ello aquí quería compartir un remedio para apaciguar y vencer al monstruo verde que habita en la tripa. Para ella me dejaré llevar por unas hermosas coplas de una sevillana de Manuel Pareja Obregón: “La flor del romero llora”.   Lamentablemente, es bien difícil encontrar estas coplas cantadas por su autor, donde se siente todo el ángel de este artista maravilloso. Pero aquí lo podéis escuchar:   http://www.youtube.com/watch?v=Bh_0ri2ZZ-g   La segunda parte de este poema también se puede escuchar cantada por su autor en la película Sevillanas de Saura (1991), en el siguiente enlace, es la tercera copla. Para mi gusto, este extracto de la película es maravilloso.   http://www.youtube.com/watch?v=196cRycMPi4   Antes de leer lo siguiente hay que tener presente que cada personaje del relato (la flor del romero, la ribera del río y el autor) representan aspectos del Yo del héroe (y de la heroína), enfrentado a situaciones de carencia y dolor interno, que podrían derivar en envidia.   En la copla, cada aspecto del héroe se enfrenta a su carencia, la acepta. Y tras una pausa de silencio y dolor, el héroe encuentra aspectos de sí mismo hasta ese momento desconocidos.   El héroe son tanto el autor, como el lector, que conecta con la historia de los sentimientos expresados en las coplas.     «La flor del romero llora. La flor del romero a solas Llora cuando ve que cortan Margaritas y amapolas. La flor del romero llora. La flor del romero es aromática, pequeña e insignificante si se compara con una margarita o una amapola… lo que surge es pena. Si escapa de este dolor se encontrará con la envidia y la heroína, la flor del romero, percibiría el mundo desde la comparación… al cabo,desearía no más margaritas ni amapolas, “me hacen daño” También llora la ribera Cuando el río arrastra flores Al llegar la primavera. También llora la ribera. La ribera, es la orilla de barro firme que hace el lecho que sostiene las aguas del río. Es estable. Ella observa cuán hermoso baja el río en primavera… lo que surge es pena; en aquel momento del ciclo anual todos miran nadar la flores, la ribera llora sobre su aparente poca gracia. Si escapase de este lamento se encontraría con la envidia y la heroína ribera percibiría al mundo desde la comparación… al cabo desearía no más flores en primavera, “me hacen daño”. Yo también lloré de pena Aquel día en que con otro Caminabas por la arena. También yo sufrí de pena. El héroe es cada vez más consciente que no es potente, no consigue el amor que sueña de una dama; ella está paseando con otro. El héroe conecta con su vulnerabilidad y llora (Música, notas suaves sobre un  piano) Se queda con su dolor…  Se adentra en la “noche del alma”, en el “invierno del alma”… lo acepta, lo conoce… es insignificante, tosco y no lo aman siempre Dios quiso crear el vuelo. Dios quiso crear el vuelo Y por eso le dio alas A los pájaros del cielo. Dios quiso crear el vuelo. Entonces surge algo nuevo dentro de sí… conoce que existe el vuelo, que para él también hay algo especial…   También hizo el firmamento Repartiendo por el mundo La semilla de los vientos. También hizo el firmamento. La Naturaleza es inmensa y él se detiene en la admiración de la belleza que existe por donde posa su mirada… su ojos han cambiado… Se reconoce que es pequeño, es estructura sólida y es capaz de amar Es por eso que la gente Lucha contra las cadenas Con espíritu valiente. Pues libre nació la gente.» El héroe  descubre sus cadenas interiores y conoce que puede liberarse de ellas. Sabe que ser libre es su vocación y cuando lo hace crea esta hermosa canción invitándonos a todos a descubrir las alas de nuestra creatividad que nos transformarán en algo mejor, o al menos, más integrado a nuestra naturaleza auténtica.   No pueden dejar de oír estas coplas cantadas por Manuel Pareja Obregón, con los oídos y  con el cuerpo entero…   Gracias, Mª Antonia PARA SABER MÁS: KOLBENSCHLAG, Madonna. Adiós, bella durmiente. Ed. Kairós. KRISHNAMURTI, Jiddu. El camino de la inteligencia. GOLEMAN, Daniel. Emociones destructivas. Ed. Kairós. SUTTIE, Ian. Los orígenes del amor y del odio. Ed. Obelisco. VALLS, Carmen. Mujeres invisibles. Ed. DeBolsillo. YOUNG-EISENDRATH, Polly. La mujer y el deseo. Ed. Kairós

 LA RABIA: A modo de integración  de conceptos (6)

Al finalizar este taller, escribo estas líneas con la esperanza de que juntas hayamos aprendido algunos conceptos que nos “socorran” en el momento de enfrentarnos a circunstancias que nos sean conflictivas, como es, por ejemplo, distinguir algunos de los afectos en el polo de la agresividad: disgusto, rabia, ira, furia explosiva. Aprender a aceptarlos, asumirlos como una realidad nuestra y reconducir esas reacciones en beneficio propio.   Los disgustos y rabias derivados del stress cotidiano, son más fáciles de reconocer y de controlar a través de técnicas de relajación. No obstante, no es posible ahorrarse el esfuerzo de reconocer la tensión y de hacer algo para aliviarla. Absolutamente nadie lo hará por nosotras.   Estos disgustos y rabias cotidianos, si son recurrentes, son importantes y deben ser oídos. Al hacerles oídos sordos, a la larga,  podemos transformarlos en síntomas físicos y psicológicos desagradables. Por otro lado, estos disgustos son señales de cosas que, muchas veces, estamos haciendo desde la obligación, el hábito, en contra de nuestro deseos y que si nos detenemos a re-considerar las situaciones en las que nos activamos desde la rabia, podemos planteárnoslas de una manera más amable.   La fábula de Apuleyo sobre Psiquis y Eros[1], muestra la importancia que tiene darles tiempo y espacio a nuestras emociones y sentimientos (por dolorosos que sean), para aprender a reconocer qué nos pasa y, sólo a partir de ello, de lo que nos pasa, crear una solución o, al menos, empezar a bosquejar una estrategia que tienda a la búsqueda de nuestra paz interior.   No podemos olvidar que rabia y miedo son dos caras de la misma respuesta psico-fisiológica y la una conlleva a la otra.   Por otro lado, la antiquísima fábula de la transformación de la joven Medusa en un monstruo despiadado y temible, muestra cómo la ira furibunda, con raíces antiguas, fundada en hechos injustos y dolorosos, sí no se digiere acaba transformándose en destructividad[2].   Hacia fuera, esta destructividad, se manifiesta como necesidad de desquite y de venganza (muchas veces indiscriminada); de forma más sutil, toma la forma de autoafirmación compulsiva. Hacia adentro, esa destructividad es parálisis energética, autodesprecio, lamento y dolor inagotables.   Es cierto que ambas formas de plantarse en el mundo, son intentos de búsqueda de un modo de afirmarse a sí misma, de reclamar poder y dignidad.   No obstante, son intentos fallidos. El único modo de recuperar el poder y la dignidad es asumiendo los lamentables e injustos hechos y  distinguir lo que hemos acabado haciéndonos a nosotras mismas a causa de ello; tal como hizo Medusa, cuando descubrió su verdadera imagen en el reflejo del escudo de Perseo. Esto, para “cortarnos de cabeza”; expresión que es una metáfora para decir que más que cambiar de peinado, cambiamos las ideas, recuperamos la capacidad de dar vuelta la página en un afán de seguir con nuestra vida.   De alguna manera, la ira que permanece en el tiempo es la esperanza al revés, es el deseo de convertir al otro en alguien que me considere, es la esperanza de que el otro cambie y sea lo que yo necesito.     En este sentido, cuando te veas presa de grandes enfados, no estaría mal que te preguntaras y te repondieses a ti misma:   ¿Para qué necesito que fulana o mengano me consideren?   ¿Para qué espero que XXX me den lo que yo necesito?   ¿Qué necesito?  ¿Qué deseo?   ¿Cómo me impido llegar a aquello que necesito por otro camino?   Al comenzar el curso, les comenté que muchos estudios más o menos científicos y obras artísticas de todas las formas de expresión creativa, se han llevado a cabo intentando elucidar la respuesta a la famosa pregunta “¿Qué quieren (qué queremos) las mujeres?”.[3]   En gran medida, la dificultad que encierra este asunto se origina en la desconexión histórica que tenemos las mujeres con nuestros deseos. Pues dónde la Naturaleza puso el deseo, el cuerpo, la educación nos llenó de: atender a…, salvar a…, sacrificarse por…, posponerse lo que haga falta en beneficio de…, justificar nuestra existencia en un hacer a todas horas, en logros y más logros, incluso en nuestra remuneración económica y todo esto mejor si es en silencio de forma invisible, que calladitas somos más graciosas y con cuidado de estar en boca de nadie y, de ninguna manera, distinguirnos…   En 1967, cuando las mujeres comenzábamos a quejarnos de nuestra situación, una jovencísima Aretha Franklin, respondía a la pregunta cantando: “Respeto, lo que yo quiero es respeto”.   Pero es difícil que nos den respeto si antes no nos lo damos a nosotras mismas. Y el auto respetocomienza escuchando a nuestro cuerpo, nuestro deseos y apostar (e invertir) en ellos.   Uno de los primeros obstáculos con el que nos toparemos es con el arcaico concepto de  ser buena, ser generosa, desde donde el apostar e invertir (tiempo, energía, dinero) en lo propio se ve como ser mala: nos suele dar miedo manifestar lo que nos disgusta, nos parece que habla mejor de nuestro dominio interior el no abrir un conflicto, nos sentimos incómodas cuando sentimos emociones feas y negativas, nos parece que somos malvadas si rechazamos asumir parte del malestar de otro…   En esta línea de la maldad, hemos explorado un poco en nuestro lado malo y espero hayamos descubierto cuánta fortuna hay esperándonos tras la pantalla de lo políticamente correcto. Eso sí, necesitamos valor, auto disciplina y muchos “no”.   También espero que en un futuro sigamos metiendo la patita en nuestra oscuridad, buscando el sentido de la envidia, los celos, la culpa…   Y, para terminar, esta  pequeña auto-evaluación para echar una última miradica a tu nivel de alerta en relación con tu capacidad de vivir una vida plena y responsable:       N0 –+ – + -++ SÍ   ¿Eres capaz de distinguir qué es lo mejor para ti?             ¿Eres capaz de protegerte de aquello o aquellos que interfieren con lo que sabes que necesitas?               ¿Sabes reconocer qué amistades te

La Rabia: sus Más y sus Menos (5)

Existen dos tipos de rabia y dos tipos de ira o explosiones de furia; Unas renuevan la vida y las otras, la amargan y envejecen.   Los dos tipos de rabia son:   La rabia sana es intensa (o no), de corta duración, apenas acumulable. Esta clase de rabia nos señala nuestra necesidad de expresar nuestra molestia y desacuerdo. Es un impulso que mueve hacia la autodeterminación y la aceptación de la soledad última del ser humano.   En este sentido, el peor enemigo a combatir son todas las ideas románticas (ideales) acerca de las relaciones, sean las de pareja, fraternales, padres-hijos, amigas, laborales, etc. Dado que la idealización es fuente segura de mucho mal: frustración, decepción, exigencias y expectativas insatisfechas, deseos incumplidos, fantasías de rescate hechas pedazos, intentos heroicos de negar la realidad amarga a costa de lo que sea…   La rabia crónica: es monologal, repetitiva, descontextualizada; es un obstinado regurgitar de hechos. Siempre es autodestructiva. Siempre es manifestación de conflicto interno; la mayoría de las veces se arrastra desde la infancia. Su expresión no genera ningún cambio durable en el entorno.   Esta clase de rabia, casi nunca es pura rabia; es más bien manifestación del desamparo en el que crecimos. Es la vestidura potente de nuestra vulnerabilidad y tristeza. La que rabia de este modo, está pidiendo ayuda a gritos; no obstante, ignora lo que le sucede.   Es frecuente que esta rabia se disfrace de una generosidad bondadosa, de un ser buena, mal entendido: Se empatiza con el dolor de otro y se incorpora esta desdicha como propia, con la errada intención de alivar ese dolor. Entonces surgen dos problemas:   Primero, no se puede resolver el problema del otro (por lo que esta desdicha es estéril) y, segundo, se disuelven los propios temas de la consciencia, temas en los que sí podría realmente hacer algo; por ejemplo, centrarse en un objetivo y dirigirse a  él con acciones coincretas.. Pero como los propios asuntos están desaparecidos de la consciencia, la esterilidad de los esfuerzos es flagrante.   Sin lugar a dudas, si la sentimos, tendríamos que detenernos a conocer esta rabia. Escucharla. Distinguir sus matices. Aceptarla y con ello aceptar nuestra heridas y cicatrices como parte nuestra. No es tarea ni fácil, ni rápida; pero sí, muy fructífera.   Esta rabia debe ser convertida en una herida-medalla de las guerras que nos han forjado. En ella encontraremos contenido para la expresión de nuestra creatividad.   Los dos tipos de ira (explosión de furia) son:   La ira sana es expresión de nuestra vitalidad, fuerza y reconocimiento feroz de nuestro ser digno y bien plantado, cuando el abuso de otro(s) -en cualquiera de sus formas-, nos invade.   La ira feroz enloquecida es expresión dramática de nuestra impotencia. Es un reclamo agudo y estéril de nuestro poder interno a otro(s). También puede ser la manifestación desesperada del fracaso de nuestras estrategias de manipulación de otros (por su bien o por nuestro bien, como sea, pero manipulación[1]).   Es bien difícil que esta ira cambie algo de nuestro entorno. Además, es siempre manifestación de un problema de identidad estructural. Para superarlo, hay que adentrarse, con un psicoterapeuta, a navegar en estas aguas turbulentas, para conocer sus corrientes, sus tóxicos, sus bloqueos…   Paradojalmente, la incapacidad para experimentar rabia e ira tiene que ver con iras furibundas aparcadas de la imagen de sí misma. Esto es tan delicado para la salud de una persona , como experimentar la furia enloquecida, aunque tiene la ventaja-desventaja que, socialmente, esta persona recibe refuerzo social por ser tan maja-generosa-docil-disponible-suave.   No obstante, es este bloqueo emocional el caldo de cultivo para enfermedades de origen psicosomátiocpo o el agravamiento de condiciones físicas crónicas.   ¿Por qué tenemos tanta dificultad para experimentar y expresar la rabia y la ira? 8sea por déficit o exceso).   De niñas aprendimos a rechazarla de nuestra experiencia, para que nos quisieran, nos mimaran, sentirnos que pertenecíamos, que estábamos protegidas.   Además, en el otro extremo, está el hecho alarmante de la explosión colérica incontrolada que acaba con alguien en el hospital o en el juzgado o en el cementerio.   Entre estos extremos exagerados de rechazo de la rabia: para sentir que pertenecemos y nos quieren y para evitar una catástrofe, está el tomarse en serio esta emoción como motor crucial para evolucionar como personas.   ¿Para qué es positivo experimentar y expresar la rabia y la ira?.    Estas emociones nos permiten distinguir nuestros límites internos. Son los motores de nuestra autonomía, de nuestra autoafirmación y de nuestra autodeterminación.   ¿Cuándo es el momento para comenzar a trabajar con nuestras emociones?   En el caso de nosotras las mujeres, las señales internas, fisiológicas y psicológicas son muy claras… no debemos olvidar que nadie nos hará nuestro trabajo.   Gracias por vuestra atención, María Antonia

La Rabia: sus Más y sus Menos (4)

MANEJO EFICAZ DE LA CONSTELACIÓN DE EMOCIONES RABIOSAS[1]   Disminuye en tus jornadas las causas de stress-irritación. Es bueno esforzarte en reconocer las situaciones que te irritan a fin de invertir en hacerte la vida más agradable, incluso en los detalles. Además, es muy bueno que crees y preserves, lo máximo posible, los momentos agradables de tu vida.   Reflexiona con frecuencia acerca de tus prioridades y háblate a ti misma. Dota tu diálogo interior de frases moderadoras o imágenes calmantes que sirvan de bálsamos en las situaciones habituales que te irritan. Esto requiere esfuerzo y voluntad así que déjalo para cuando hayas decidido evitar la irritación y furia estériles.   Dejar pasar una noche de reflexión. Este consejo se dirige a las rabias contra personas importantes para ti: pareja, amigos, miembros familia. Este tiempo te permitirá reevaluar la situación, formular con precisión los motivos de tu enfado y preparar lo que vas a decir.   Expresa tus sentimientos abierta y sinceramente. Comunica tus sentimientos y no valores lo que la otra parte ha hecho u omitido. Habla de tu persona, no del otro(a).   Habla en mensajes «yo» no en mensajes «tú» (desahógate sin atacar).   No acumules, así evitas que las emociones se te vayan de las manos.   Habla de conflictos con la persona del desencuentro, no de soluciones. Describe tus sentimientos, sin adelantar soluciones. Presentar una solución de antemano impide discutir razonablemente los orígenes de la ira.   No hagas una valoración negativa global del otro. Si la ira se expresa debidamente, se crea más intimidad.   Ten en consideración el punto de vista del otro(a). Dar tiempo al otro para que exponga su punto de vista.   Interrumpe el encuentro si sientes que pierdes el autocontrol. Con mayor motivo interrumpe el “desencuentro” si el otro(a) pierde el control.   Acepta la reconciliación, pero no demasiado pronto. En la mayoría de los casos, la ira que manifiestas no tiene como objetivo enemistarte definitivamente con alguien, sino que ese alguien reconsidere que mereces más respeto y atención. Por ello, resulta natural que se produzca una reconciliación.   Reanuda las relaciones interrumpidas con gente importante afectivamente (por ejemplo: saludar el cumple, escribirle una postal, enviar un mensaje explicando que lamentas el desencuentro, etc). Es sano permitirte hacer borrón y cuenta nueva. Que des vuelta la página.

La Rabia: sus Más y sus Menos (2)

Examina con atención  las siguientes serie de afirmaciones acerca de la rabia y la furia. ¿En qué medida te describen?, ¿En qué medida estas creencias favorecen u obstaculizan tu desarrollo como mujer?     Una mujer femenina no expresa su rabia.   La rabia y la furia no están presentes en una relación sana.   La gente me rechazará (o me abandonará) si expreso abiertamente mi rabia.   Si me enfurezco, perderé el control y acabaré volviéndome loca.   La rabia es uno de los defectos más graves.   Si me permito enfurecer, temo que arrojaré objetos, haré daño a la gente que me importa e, incluso, puedo herir a alguien.   Si la gente siente rabia hacia mí debe ser por mi culpa   No vale la pena enfadarse.     Si alguien se enfada conmigo es porque ya no me quiere.   Si me enfado es porque soy una persona con escaso control sobre sí misma.   La furia atemoriza.     Merezco sentirme culpable y/o avergonzada si me enfado.   Cuando hayas revisado toda la serie, te sugiero que escribas un pensamiento más sano en la columna de la derecha, que matice las “verdades” de la primera columna. Por ejemplo; en el núm 1, “una mujer real se enfada si se encuentra frente a abusones”…   La siguiente serie de afirmaciones describen hechos que invitan a explorar en esta dimensión de nuestra adaptación a la vida.   La rabia y la furia son respuestas emocionales normales y saludables. La furia es una respuesta emocional intensa que sirve para protegernos. La ira  es una reacción que afecta a todo el cuerpo y es bueno examinarla. Está bien experimentar sentimientos de furia por todo el cuerpo. Se puede sentir furia sin expresarla directamente. La furia se puede trabajar y transformar en energía positiva. Es bueno experimentar la furia y después actuar dando pasos adecuados a las necesidades y motivos que la activaron. La furia puede señalar cuando alguien está siendo explotada o bloqueada. La furia señala cuáles son las creencias, valores, prioridades. La furia es una señal de estar viva, saludable y con deseos de actuar. Gracias por vuestra atención, Mª Antonia