La Envidia y sus Usos (1)

La Envidia y sus Usos (1)

La envidia es mil veces más terrible que el hambre,

porque es hambre espiritual.

 Miguel de Unamuno, filósofo español

La indignación moral es, en la mayoría de los casos,

un dos por ciento de moral,

un cuarenta y ocho por ciento, indignación,

y un cincuenta por ciento, envidia.

Vittorio de Sica, cineasta italiano

 

La envidia es un monstruo verde que suelta aguijones envenenados sobre quien no se conoce a sí mismo. Es uno de los sentimientos más destructivos que se pueden experimentar. La experiencia de la envidia se activa cuando una persona percibe como amenaza para la integridad psicológica de su Yo, los logros materiales, sociales y/o psicológicos de otra persona.

 

La envidia se ha definido como «un sentimiento de aguda incomodidad, determinada por el descubrimiento de que otro posee algo que sentimos que nosotros deberíamos tener», o como: «aversión a la desigualdad»[1].

 

La envidia surge temprano en la historia de una civilización y de un individuo. Es así como en todos los mitos de la creación a través de las culturas, surge la experiencia de la envidia fraterna como causa de la aparición del mal en el mundo creado.

 

En el primer libro del mito judeo-cristiano se relata  el asesinato de Abel en manos de su hermano Caín, consecuencia de la envidia fratricida, como el acto humano que rompe definitivamente la fluidez de la relación con su creador (Antiguo Testamento, Génesis, 4).

 

La envidia es considerada un pecado capital, dado que es un terrero que abre hacia otros pecados: avaricia, ira, maledicencia, egoísmo, soberbia.

 

Quien se mueve desde la  envidia se mueve en la permanente comparación. Dentro de este mecanismo de pseudo-medición del yo a través del logro de otro, la alegría es amarga si se vence y la amargura es visceral si se pierde.

 

Lo opuesto a la envidia es la creatividad. La envidia es ir a la saga de emular a otros para alcanzar su misma supuesta felicidad; la creatividad, en cambio, es la reformulación espontánea, renovada, de los propios contenidos y deseos; por tanto, es una búsqueda interna, subjetiva e idiosincrásica.

 

La envidia está muy mal vista socialmente; no obstante, todos la experimentamos en mayor o menor medida aunque lo habitual sea negarla.

 

Siendo patrimonio de hombres y de mujeres, las mujeres somos más vulnerables a ella. Tradicionalmente, hemos sido condicionadas para la satisfacción de las necesidades de terceros (padres, marido, hijos…) para  quienes somos invisibles (aquellos reciben, nosotras damos [Y NOS CABREAMOS]); de este modo, la desconexión con nuestras necesidades, deseos y con nuestros recursos creativos puede llegar a ser máxima. Este vacío interno en las mujeres que se identifican con el estereotipo de mujer tradicional, es el caldo de cultivo del llamado “monstruo verde”.

 

Además, la tendencia a negar la envidia propia y ajena, favorece que mujeres que han sido víctimas de la envidia y la competencia de su madre y/o padre, hermanos, maestras y/o condiscípulos,  hayan construido una coraza de auto-descalificación, a modo de auto- protección, que las incapacita para enfrentarse a la envidia externa e interna. De ahí muchas de esas muletillas, huellas de aquella coraza: “bueno, yo no sé tanto (o no hago tan bien) como…”, “es que soy muy tonta y no he entendido”, “me da vergüenza lo mío en comparación con lo vuestro…”, etc.

 

No me detendré en este espacio en los complejos mecanismos de la crianza que dan lugar a que aprendamos a ignorar y negar este sentimiento.

 

Habitualmente, el monstruo desatado se controla disfrazándolo:

  • Negando la envidia propia.
  • Expresando eufemismos que la ocultan.
  • Buscando y manifestando argumentos racionales que hagan desmerecer el logro del otro (con tono de resentimiento o con demasiado énfasis).
  • Discurso hipercrítico hacia los demás.
  • Pasar el tiempo a solas rumiando situaciones interpersonales conflictivas, sin ánimo de resolver nada.
  • Alabando innecesariamente a otro sumado a la propia descalificación.

 

Se ha constatado que en los casos de Acoso Laboral y Bulling, la envidia del maltratador(a) hacia su víctima es un factor que constela con fuerza en el proceso destructivo desencadenado. Es por esto que no es casual que las víctimas suelen ser los mejor dotados (por calificación profesional, talento, valores humanos, éxito social, etc.). Por ejemplo, dice el acosador a su víctima: «Aquí no hay sitio para la creatividad», en una oficina de publicidad… (¡¿ !!?).

 

Hasta aquí hemos hablado del lado negro de la envidia. No obstante, como todos los afectos, la envidia también tiene su lado positivo. Es así como, entre los griegos de la antigüedad, la envidia era la reacción visceral ante la injusticia y el desequilibrio social. Y por lo tanto, la envidia era parte del camino hacia la justicia y, por lo tanto, valorada socialmente.

 

Se ha descrito que la envidia y el resentimiento consecuente, serían el motor de las luchas de clases, la búsqueda de bienestar y el logro económico. Este factor, sin duda, constela dentro del proceso de cambio social; pero si la envidia es “el” motor del cambio, el cambio será apenas un cambio de tornas, como desgraciadamente conocemos una y otra vez.

 

Esto es otra razón más para explorar en las farragosas aguas de este sentimiento tan humano. En un contexto de injusticia concreto, la envidia es lo primero que se siente (o debería serlo). Sacando la envidia propia de la ecuación, se pierde una guía inestimable en situaciones sociales complejas.

 

En otras palabras, para llegar, individualmente y colectivamente, a Ciudad Justicia, hay que pasar por Villa Envidia, detenerse, trabajar lo que haga falta antes de seguir buena ruta a nuestro destino.

 


[1] De H. S. Sullivan la primera definición y de Cabrales la segunda.

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